lunes, 6 de junio de 2011

Nata


La cama de una habitación caótica fue nuestro santuario y lugar favorito. Sólo una luz iluminaba la estancia mientras nuestros cuerpos reposaban bajo el edredón. Los roces dieron paso a sutiles caricias que acompañamos con delicados besos. La excitación fue aumentando en crescendo al mismo ritmo que nuestras manos jugueteaban por cada rincón de nuestra anatomía buscando refugio. Un dulce ingrediente y una venda en los ojos dieron paso al desenfreno. Fuimos llenando poco a poco nuestros cuerpos de nata, cubriendo con ella puntos estratégicamente erógenos. 


Nuestra lengua caliente y húmeda, hizo el resto lamiendo y saboreando cada poro de la piel. El placer de sentir ese músculo realizando su recorrido sinuoso, aumentaba con la expectación de no saber donde se produciría de nuevo el contacto que nos unía. La delicadeza se fue volviendo brusca, consiguiendo que me humedeciera cada vez más hasta que su lengua alcanzó mi entrepierna. Mis músculos se contraían adueñándose de mi cuerpo mientras gemidos que traspasaban las paredes dominaban mi garganta, me retorcía de placer. Arañé las sabanas, a él, jugaba con su pelo y mordía la almohada. Estaba en éxtasis. 


De pronto mi cuerpo quedo tendido en el colchón, exhausto tras haber alcanzado tal súmmun. Apoyo su cabeza en la almohada mientras le miraba sonriente y me aferraba a él. Entonces comprendí que el mejor plato de una comida es el postre, y si se acompaña con nata, resulta exquisito.