jueves, 8 de marzo de 2012

Día 1


Me encontraba recostada en mi negra butaca de cuero cuando a mi izquierda una luz se encendió. Al principio no le di importancia, pues andaba sumergida en mis pensamientos intentando comprender las patologías sanguíneas. Sin embargo, algo llamó mi atención. El continuo movimiento de una sombra que iba y venía.
Dirigí mi mirada y pude vislumbrar a través de un cristal traslúcido una figura algo deformada pero reconocible. Observé atentamente cada trazo de la sombra que se dibujaba gracias a una luz tenue. Las curvas eran perfectas, una silueta de perfil, una silueta de mujer.

Llegué a distinguir una media melena sin alcanzar a adivinar el tono del cabello, el cuello era largo, me le imaginé esbelto; la cifosis y la lordosis moldeaban su columna de una extraña forma tan simétrica que la compensación de las curvas recordaba a cualquier escultura de la perfecta Grecia. Sus pechos eran pequeños, insinuantes, su abdomen plano y sus piernas largas acababan en un trasero respingón.

Ella permaneció cerca de la ventana dos minutos, yo la contemplé durante diez. Tenía curiosidad por volver a verla, sin embargo ella no apareció. Tras un rato más frente la pantalla del ordenador acunada por las notas de Sabina, mis ojos pidieron abnegados una tregua que yo no  dudé en darles.

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