martes, 29 de noviembre de 2011

Día 10

Dos días y la persiana se mantiene intacta. Me he aprendido todas sus manchas creadas por el paso del tiempo, tiempo que me consume. He contado ochenta y ocho veces las ochenta y ocho ranuras de la persiana que dejan pasar la luz por su interior con afán de encontrar una respuesta, una sombra, algo.
Sólo he conseguido ochenta y ocho veces ochenta y ocho suposiciones distintas. Todas mías, puede que todas falsas.





sábado, 19 de noviembre de 2011

Día 11






 
Cinco días y la persiana sigue cerrada.
Creo que cada día consigo desintegrar una pequeña parte de ella con la mirada. Fijo mis pupilas en ella, aguanto minutos enteros sin parpadear.
Penetro en su interior y desarrollo olfato y oído perruno buscando indicios que me conduzcan hasta ella.







lunes, 14 de noviembre de 2011

Día doce





Salgo de mi casa, con un grupo de percusionistas marcando mi ritmo cardíaco.
¿Llegaré a conocerla?
Dieciséis escalones me separan de la calle y me siento capaz de saltarlos todos a la vez, pero en el mismo instante en que poso un pie las piernas me tiemblan cual vibrador de 3 potencias.
Tras bajarlas de una en una sin los respectivos dieciséis orgasmos, consigo llegar al portal. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Consigo entornar la gran puerta de hierro y salir al exterior.
Tras una mirada de reconocimiento a mi entorno más cercano, me dirijo al portal contiguo y me hago pasar por un cartero comercial. Viejo truco que me ha acompañado durante mi infancia para hacer perrerías y también en mi adolescencia para hacer cosas perras.
Subo en el ascensor. Primera planta. Segunda planta. Tercera planta. El ascensor se para.
Consumí una decena de minutos dentro de ésa caja claustrofóbica antes de que un vecino abriese la puerta y con ello mis ojos, haciéndome volver a la realidad de golpe.
¿Bajas?
Más bien caigo
Salí de aquel cubículo ante la atónita y desconfiada mirada de aquel despertador andante. Me dirijo hacia la puerta y consigo reunir las agallas necesarias para pulsar el pequeño interruptor sonoro.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
El vecino que aún sujetaba la puerta del ascensor mientras peleaba con su saco de pulgas para que entrara dentro, dirigió hacia mí persona una mirada inquisitiva.
¿A quién buscas?
A ella.
Ahí no vive nadie. Lleva 13 años cerrado.
Mi boca se abrió como si careciese de mandíbulas y tomando una bocanada de aire expulse la mayor carcajada que mi cuerpo podía permitir.
Cinco minutos después sólo quedaba yo en el rellano.
Yo y mi soledad.
Yo y mi desesperación.
Yo y mi angustia.
Yo y mi rabia en forma de lágrimas.
Me dirigí hacia el ascensor abatida y con la intención de encerrarme de por vida en mi habitación y seguir desgastando su persiana con la mirada.








viernes, 11 de noviembre de 2011

Día trece

Una ventana, sirenas de fondo, lluvia y un cuerpo, el mio.
Está tendido en el infierno más frío y húmedo de un patio interior.

Todo termina donde empezó. Sólo hay una nota: TODO ES MENTIRA






sábado, 5 de noviembre de 2011

Vacances





Mis vacaciones se vieron felizmente interrumpidas por dos billetes de ave del que sólo se usó uno. Una sonrisa que se dibujó en tu cara tras un regalo inesperado y un viaje a un antiguo teatro para morirnos de la risa mientras te acariciaba una mano. Sufrimos el agobio de la gente que viene a interrumpirnos con invitaciones banales a oscuros antros de alcohol y lujuria y al final decidimos caminar bajo la lluvia y sumergirnos en un edredón. Una noche de toses aplacadas con picotas y dulce descanso. Me pasaría las tardes y las noches del invierno atada a ti, con tu calor. Eres ese antídoto que me quita las ganas de perforarme los pulmones con el humo de un pitillo. Eres tantas cosas, que es imposible enumerarlas. 

Un tambor insonorizado duerme conmigo y ahora huele a ti pero prefiero que lo sustituyas todas las vacaciones que me tome.